¡Ho sanna , hey sanna sanna sanna Ho. Sanna hey sanna Hosanna!
Álex siempre había querido botar una papa bomba a los tombos. Los odiaba. Pero no los odiaba desde siempre, sino desde hacía unos años, cuando manosearon a su novia en la fila de un partido de fútbol. Desde ahí les empezó a odiar. Uno de esos agentes le metía la mano a su novia en la entrepierna buscando quién sabe qué. Ella estaba vestida con un pantalón negro. Un jean. Ellos estaban haciendo fila frente al Campín. Mucha gente los rodeaba viendo con morbo. Claro. ¡Quién no se arrecha cuando tocan a una mujer! En ese momento Álex no. O más bien sí. Se arrechaba pero se sentía mal. Hubiera querido ser el policía. Hubiera querido ser el que manoseaba a Catherín. Pero no lo era. Tenía que verlo y disfrutarlo. Así no quisiera. Ramírez subía la mano y requisaba, quedaba con dudas y la bajaba y la volvía a subir por la otra pierna. Para Catherín era incómodo, aunque a ratos se sentía a gusto, pues con Álex las cosas iban mal ese día, y un poco de placer no estaba mal. Lo malo es que era de parte de un tombo. No cualquier tombo, sino Ramírez. Precisamente Ramírez. Con toda la cantidad de gente que decide ser policía por resentimiento, entre tanta gente que le gusta usar el bolillo, pero que en casa les pegan con sartén, le había tocado este que la manoseara, que buscara despojarse de su resentimiento cogiéndola. Violándola con las manos. Le había tocado Ramírez. Precisamente Ramírez. Precisamente su ex novio. Por eso, ese día Álex tomó la papa bomba con tal fuerza que se la arrojó con la velocidad adecuada a Ramírez, al identificarlo al otro lado de la cuadra. Allá. Allá llegó la papa bomba, con una velocidad increíble. Llegó y le explotó las bolas a Ramírez.
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